Últimamente me he enterado que muchos
sostienen que Star Wars es, en cierto punto, un afano a una peli de Akira
Kurosawa, director japonés poco frecuentado por adolescentes pochocleros,
llamada La Fortaleza Oculta.
No he visto esa película e incluso ignoro
si la fortaleza mentada es una construcción o un cualidad moral, pero me
extrañaría que ese filme incluyera naves espaciales, sables de luz, arturitos,
citripios y otras cosas que hicieron que a mis siete años me fanatizara por esta
saga, que hoy en día, mucho más culto y culturoso, sigue siendo intocable para
mí.
Pero de todos modos, el tema es que si bien
defiendo a capa y espada, (o sables de luz), a Star Wars, no me pasa lo mismo con George Lucas. Vaya uno
a saber por qué. A diferencia de lo que me ocurrió con otros directores, con
los cuales me bastó ver una película que me gustara para querer conocer toda su
filmografía, con Lucas nunca me pasó nada semejante.
Quizás porque supongo que Star Wars es casi
una obra impersonal, un producto de los estudios, probablemente (en realidad,
no lo sé) que contó con la interferencia de distintos guionistas, productores,
testeos de mercado y decisiones comerciales que convirtieron a la saga en lo
que es: un producto de dudosa calidad, kitsch, edulcorado, lleno de bajadas de
línea…
Pero irresistible.
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